No creo que exista otra cosa que me hubiese gustado más que ser futbolista. Lo digo con aplomo de sinceridad y algunos gramos de vergüenza.
De niño, de joven y todavía de vez en cuando, me sorprendo dando alguna entrevista a un colega imaginario. «Ha sido un gran triunfo pero el mérito es de todos», concedo a los micrófonos invisibles como anotador del gol que nos dio la victoria.
También tuve la ilusión de ser luchador, pero quizá la deserción tuvo que ver con aquella quebradora fallida que me propinó mi hermano alguna tarde de nuestras infancias, en la que sustituyó el conteo de rendición por un clamoroso «no le digas nada a mis papás».
La vida, caprichosa como la pelota y enigmática como una máscara, me llevó dando vueltas hasta hacerme entender que mi posición ideal no estaba dentro de la cancha, sino ahí donde mis escasas virtudes futbolísticas no resultarían ser un estorbo, y de paso, permanecer alejado de cualquier asomo de quebradora. Donde pudiera aprovechar la extraña afición que desde niño tuve por la crónica, el dato y la estadística.
Así llegué al periodismo deportivo, lo que contribuyó a mantener esa manera de ver la vida como si fuera un partido. Sé que no soy el único y que no es exclusivo de los deportistas.
El partido de 2020 y 2021 se ha jugado en una cancha difícil. Inclinada a favor del rival, con marcador adverso y una pandemia que nos hace jugar con diez.
Al principio, se nos condenó al refugio. En el exagerado apogeo de la inmediatez la vida nos impuso una pausa.
Pero fue ese mismo encierro el que nos abrió las puertas de la libertad virtual. Estando lejos nos dimos cuenta que nos teníamos a un click de distancia. El despido nos empleó en algo mucho más personal. Era hora de establecer un plan.
Así recuperamos algunos conceptos tácticos de la profesión: que la entrevista es un concierto de jugadas de pared, la crónica un desdoble ofensivo a toda velocidad, el reportaje un planteamiento táctico entrenado una y otra vez. Y el gol, como dijo Galeano, el orgasmo del futbol.
Entendimos también que la adversidad obliga a la fortaleza, hace crecer el bícep de la resiliencia y el músculo de la paciencia. Una ruta cuesta arriba.
En medio de la cancha donde libramos el partido más difícil estaba la oportunidad de recuperar algo que parecía perdido: la pasión.
«Se puede cambiar de todo, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín: no puede cambiar de pasión», le dice Sandoval a Espósito y una escena después nos vemos volando sobre la cancha de Huracán la noche que recibía al Racing Club de Avellaneda en una cinta que mereció Óscar a mejor película extranjera (El Secreto de sus ojos, 2009).
Así llegamos un día a la radio con un extraordinario equipo armado y la decisión tomada: se va a llamar Plan de Juego. En ese momento no sabíamos que el nombre llegaría a ser un sitio web de información y un racimo de redes sociales cuyas estadísticas muestran alcances superiores a las 217,000 personas en el último mes (tan sólo en Orizaba hay 123,000 habitantes).
Doce meses después de haberlo imaginado, cerramos con este texto la semana de festejos por nuestro primer aniversario.
La primera vela nos hace volver a imaginar, soñar y sobre todo, mantener la pasión.


Periodista deportivo desde 2004. Creador del concepto multiplataforma Plan de Juego.
Contacto: jesus.mejia@tuplandejuego.com.mx




